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2007 - Okupas en el Beti-Jai

Los fantasmas de Beti Jai

Interviú 22-12-2007

(...) Hoy, sin embargo, sirve de refugio a cuatro inmigrantes rumanos y un español. “Yo soy de Madrid de toda la vida, pero he viajado muchísimo”, dice Rubén tras recibir a los periodistas con desconfianza. Pero poco a poco comienza a soltarse y cuenta a trompicones su historia: “Llevo tres meses aquí. Ahora quedamos cinco, pero hemos llegado a vivir más de 15 personas. Al final, o ha venido la policía o hemos tenido problemas entre nosotros. Hubo una época que había punkis con sus nenes y todo”. Rubén conoció en la calle a Gabi, un rumano nacido en Bucarest hace 25 años, y le ofreció instalarse con él en el antiguo frontón. Poco después llegaron el primo de Gabi, Cristian, y dos amigos, Catelin y Petro. Este último es el único de los cuatro que habla castellano con cierta fluidez. Los demás apenas se defienden con palabras sueltas y signos trazados con su manos. Todos han trabajado en la construcción pero ahora buscan chatarra para vender mientras malviven, paradójicamente, en uno de los barrios más caros de España. “Dormimos en dos partes diferentes del edificio para controlar si entra gente”, explica Rubén. Los rumanos duermen a la intemperie, en una de las antiguas graderías de hierro que se ha quedado sin fachada, y el español en lo que él llama con sorna su “suite”. Es una estancia situada junto a la entrada del frontón que tiene las puertas y ventanas tapiadas: “Están todas cerradas menos una, que es por donde se entra”. Entre sus pertenencias, Rubén cuenta con un transistor y un tablero de ajedrez: “Me gusta mucho, pero los rumanos son la ‘polla’ jugando”.

El mendigo español ha dado muchas vueltas hasta aterrizar en el Beti Jai: “He viajado por todo el mundo. En 2004 incluso llegué a jugar el mundial de fútbol de la calle en Goteborg (Suecia), y después estuve otra vez viajando hasta hace casi un año”. Rubén y los cuatro rumanos ejercen de cicerones por los recovecos más insospechados del edificio, que trasluce el abandono que ha sufrido. Y eso que oficialmente sigue catalogado como Bien de Interés Cultural (BIC) con categoría de monumento. “Desde que dejó de utilizarse para jugar a pelota, este edificio ha servido para todo. Fue un garaje de Citroën, después se convirtió en taller y, algo que muy poca gente sabe, también sirvió de estudio cinematográfico. Hemos encontrado muchas bobinas de cine y productos para revelarlas”, explica Rubén mientras muestra una de esas enormes bobinas de película de 35 milímetros. (...)

 

Beti-Jai Febrero 2008

 

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Ajenos a estas maniobras, los okupas utilizan el frontón seguros de que sus propietarios conocen su existencia: “Los dueños se pasan de vez en cuando y no les importa que estemos aquí”. Sin embargo, algunos porteros de la zona aseguran a esta revista que en varias ocasiones la policía y los bomberos han tenido que acudir al inmueble por los fuegos provocados por los okupas. Miguel Ángel López, vicedecano del COAM, asegura que “en un edificio tan extremadamente degradado, un fuego puede dañar gravemente la estructura. Hay que recordar que el Beti Jai es el último de los cuatro grandes frontones que existían a principio de siglo en la capital. Su desaparición sería como la del último lince ibérico”.

A sus actuales inquilinos, sin embargo, sólo les preocupa conseguir papeles, un piso o simplemente mejorar sus vidas. “Si estamos aquí es porque no tenemos donde ir. Los rumanos esperan que se normalice su situación para trabajar y que no les engañen como otras veces, y yo… Yo ya no sé qué espero”, concluye Rubén.

Fuente: Revista Interviú (22-12-2007)